La bohemia (I)

Un estilo de vida a contracorriente, ligado al desamor, a la errancia y a las artes, viene a abrevar en nuestra cantina para dar cuenta de su historia en tres entregas.

La copa rota

            Hay un tipo protegido de la noche, hijo del romanticismo popular caribeño, que aún impone su estilo al otro lado de la barra. Vegabajeño de los años cincuenta por más señas, como el trío boricua de Benito de Jesús, quien compuso la pieza que José Feliciano trajo a tierra firme en 1966.

           Es un bohemio desconsolado que ahoga sus penas en vino y no en ron, como podría esperarse: la historia sucede en Puerto Rico y no en Argentina; pero ocurre que el vino, específicamente el tinto, es lo que le funciona a Don Benito para lograr la analogía porque en breve el personaje quebrará la copa y se romperá los labios para que la sangre se confunda con el vino. Y aquella no es otra que la “tinta sangre del corazón” que corría en el torrente bolerístico del continente desde principios de siglo.

            Despechado, y a ratos “calavera”, el tipo es la excepción en la sociedad rural. Habita las antípodas de “El carretero” de Portabales: aquel guajirito que mantiene el ron a raya tras la dicha del matrimonio y “trabaja sin reposo / para poderse casar”.

De la miseria al estado de gracia

            Esa imagen remota, en blanquinegro, comparte la escena con el elegante de traje cruzado y gomina que ha partido del sur y se confiesa a ritmo de bandoneón:

Tirado por la vida de errante bohemio
estoy, Buenos Aires, anclao en París.
Cubierto de males, bandeado de apremios,
te evoco desde este lejano país.

            Nuestro bohemio “ya sin fe” se desplaza también a la ciudad. Cruza Centroamérica y se aloja en la cicatriz de México: la marca que la noche dejó en la cara de Agustín Lara y en las almas del dúo conformado por José Alfredo Jiménez y Chavela Vargas.

            Así fue interpretada nuestra bohemia por mucho tiempo: un modo de vida regido por la miseria, determinado por los azares del amor no correspondido y bañado en el licor amargo de la soledad.

            A diferencia de la “bohemía” brasileña (así, con tilde en la í) al estilo de Marthino Da Vila, quien en 1974 nos reveló en Disritmia un estado de gracia, rico y sensual, traducido luego por Willie Colón.


Alegre, loca y gris

            Cuando Charles Aznavour graba su clásico, los aires del presagio silban un Mayo francés. Es 1966, el mismo año en que José Feliciano apura su copa periférica y percibe entre su invidencia la serie de cambios que se avecina: el nacimiento de la salsa como género musical del Caribe urbano, la conversión de la contracultura norteamericana en el movimiento hippie, el triste contagio de la revolución cubana. 

            Entre tanto, Aznavour dibuja en Montmartre los días de una juventud alegre, paupérrima y despreocupada, muy parecida a la de su momento y a la del pasado: la flor que inspiró el brillante período de la Belle Époque, o aún más atrás: aquella que retrató  Henri Murger a mediados del siglo XIX en su novela Escenas de la vida bohemia.

            Esta pieza rescata un elemento característico de la bohemia de todos los tiempos: la relación con el arte. De allí que se haya convertido en un himno de ese modo de vida que nada a contracorriente, amado por muchos y por muchos interpretado, cuenta con las versiones especiales de Concha Buika, Leonardo Fabio o Dulce Pontes.

Imagen principal:
Amadeo Modigliani
Particular of Woman with a necklace, 1917

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.