Bacardí tenía 38 años y un tono dorado que le impedía pasar inadvertido solo o en las rocas, cuando conoció a Coca Cola -una gaseosa joven, alegre, efervescente- en la barra de The American Bar. El honor fue de Barrio, el barman de turno una tarde de agosto de 1900, quien sabía que el estilo del ron santiaguero se entendería muy bien con esa colita negra que había llegado hace poco de Atlanta entallada en su botella transparente como toda una dama.
Aquel bar de Centro Habana -ubicado en la calle Neptuno, entre Consulado y Prado- reservaba el derecho de admisión al personal norteamericano que protegía la isla aún dos años después de terminada la guerra contra España. A mediodía comenzaban a llegar civiles y militares rojos y acalorados por el rigor del verano caribeño. Si alguien aparecía fresco, en mangas de camisa o guayabera, silbando un aire popular de moda, era un criollo de raro acceso, como Fausto Rodríguez, a la sazón mensajero de Leonard Wood, el gobernador general de Cuba que había entrado por la playa de Daiquirí con el coronel Theodore Roosevelt y los Rough Riders (jinetes rudos) en el 98.
El resto pasaba en combo guarachero ocasional para hacer el ambiente o trabajaba allí como operador del gramófono, celador o aseador del local, mesero o barman, como Barrio, el mulato que se ganaba la vida sirviendo los tragos, un moreno largo y pimientoso –tanto que parecía una estrella del teatro bufo, tan de moda entonces en toda la ciudad- que si bien se comunicaba con los clientes en un idioma donde predominaban las señas, nada le impedía saber la vida y milagros de cada uno. Y lo que no sabía, lo inventaba.
Según Fausto Rodríguez, quien en un futuro cercano sería el primer publicista de la empresa Bacardí en New York, aquella tarde del 900 se le acercó a este cantinero cierto capitán Russell para pedirle que le rebajara un poco el ron con algún refresco, por temor a la drunkenness (Barrio peló los ojos) y al “guayabo” posterior, esto sí lo dijo en español (Barrio asintió con la cabeza), justo en el momento en que el mulato está haciendo la presentación de los ingredientes para la mezcla y ya había vertido del sifón en un vaso Highball la cantidad adecuada del ron con todo su encanto y estaba por destapar los atractivos de la pequeña cola.
Esa tarde reinaba la fraternidad entre la clientela animada por el arribo de un nuevo contingente de soldados que describía en detalle los preparativos en Tampa para recibir al siglo XX; pese al trajín y la demanda, a Barrio le dio tiempo de calcular la edad de los elementos: un ron oro, noble descendiente del que había nacido en Santiago en 1862 gracias a Don Facundo Bacardí Massó, y una gaseosa importada hecha a base de coca y nuez de kola que el farmaceuta John Pemberton había inventado en 1886 y que apenas había llegado a la isla dos años antes, en 1898, al final de las hostilidades.
Es allí, precisamente, cuando Rusell interrumpe al barman con su pedido a espaldas de Fausto, quien en ese momento aprovecha para practicar su inglés con los recién llegados. A Barrio no le queda otra que apurar la mezcla y servirla, no sin antes probarla. Se llevó el vaso a los labios y cerró los ojos: el trago demoró unas vueltas antes de llegar al cielo: la esencia del sol se escurrió de la combinación -recia y sutil a la vez- en un fulgor que le inundó las papilas para adentrarse luego de leve modo, como en un sueño. El mulato sentíase levitar sobre los rieles del tranvía y su abandono aéreo acabó rompiendo con las olas en la Avenida del Puerto, cuando Rusell, estirándose sobre la barra, le sacudió un hombro.

Al volver en sí, el muchacho pensó en un toque cítrico.
El capitán, escéptico ante el éxtasis, apuró un trago, y esta vez fue él quien agrandó los ojos y asintió. Con el mismo impulso invitó a una ronda general, oportunidad que aprovechó Barrio para perfeccionar la fórmula, mientras el improvisado anfitrión le dio por rememorar el atentado al acorazado Maine en el puerto de La Habana que desató la breve guerra.
Esto merece un brindis, dijo para sí. Y cuando ya todos tenían los vasos a punto:
– ¡Por Cuba libre! Dijo Rusell en voz alta.
– ¡Por Cuba libre! Repitieron todos.
-Por Cuba libre. Repitió el mulato detrás de la barra, recordando el grito de guerra de los mambises.
Y Pensó, tomando un limón entre el pulgar y el índice:
Buen nombre para un coctel que conocerá el mundo en redondo.
