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Un día en Tequila

Para Ángeles Infante Gibbs con gratitud.

Salmo de la charrería

Mi tío Vicente solía amenizar su afición vespertina con dos frases de una canción que, en vez de cantar, murmuraba. Su tempo, lentísimo, convertía al ritornelo en una oración de la cual no podía desprenderse:

Guadalajara en un llano

México en una laguna.

Su taller era un templo donde toda la vida le rindió culto a una tierra que lo marcó a fuerza de rancheras radiofónicas y mariachis blanquinegros. Y allí, entre virutas y aserrín, el viejo gastaba el resto de la tarde silbando ese salmo de la charrería.

En esas remembranzas me ocultaba de las turbulencias que el travieso cielo de Jalisco le juega al visitante, cuando la voz del piloto le ordenó a la tripulación ocupar sus puestos para el aterrizaje en el aeropuerto internacional Miguel Hidalgo. De inmediato, la ventanilla me certificó lo obvio: al llano de Chente le había crecido una ciudad casi tan grande como la que había cubierto la laguna de los mexicas, en el antiguo Tenochtitlan, de donde procedía con Ángeles, mi hija, quien me invitó a conocer Guadalajara y, en especial, el pueblo de Tequila.

El uber tomó la carretera de Chapala, al parecer ineludible, congestionada a cualquier hora debido a los trabajos de ampliación como parte de los preparativos de la Copa Mundial de Fútbol 2026. Poco a poco superamos Tlaquepaque y, con la confirmación de nuestro destino ubicado en la Colonia Americana, a los muchachos -es decir, a mi hija y al chofer- les dio por hablar de la gentrificación, un tema muy de moda en el país: ese proceso de renovación urbana, a veces forzado, que desplaza a propios, fija extraños y “destruye las costumbres”, como cantó José Alfredo Jiménez apoyado en un buen mezcal como el que me venía haciendo falta desde las turbulencias.

Entonces advertí que, de los presentes, yo era el único que había conocido de vista, trato y comunicación al siglo pasado -de hecho, hasta ahora he vivido más en el XX que en este XXI-, lo cual me daba licencia para hablar de las distintas migraciones inspiradas en el bolero transcultural de nuestra América que nos dejó llorando quimeras (¡salud, Monsiváis!); pero ya tenía las vacaciones latiendo dentro de mí y decidí guardar silencio. Un tequila, please.

Cuando el carro entró en la avenida Chapultepec, el chico aprovechó para ilustrar la conversación con los distintos nombres de los comercios. Y nuestro hotel vino a confirmar la tendencia, pues -como luego pude entender en una veloz visita al ChatGPT- se supone que con las fachadas en franjas de tonos pastel como las de éste, se busca neutralizar el exacerbado regionalismo tapatío que, paradójicamente, refuerza el contenido “mágico” del eslogan oficial y se le hace irresistible al visitante de cualquier nacionalidad.

Al despedirnos, el chofer -con el desenfado de la primera juventud- cerró el punto del siguiente modo:

-La neta, si ya no se puede pagar, pues uno se va y ya. El chiste es no aferrarse.

José Cuervo Express

Al día siguiente, muy temprano, salimos hacia la estación de trenes. Era una preciosa mañana de sábado y decidimos caminar por las amplias calles hilvanando recuerdos familiares y disfrutando de la expectativa que aumentaba con las indicaciones del GPS.

Al llegar a la terminal establecimos el pacto de turismo, ese acuerdo tácito que funciona en cualquier lugar del mundo entre el anfitrión y el visitante. El deber de aquel es encargarse de nuestra felicidad mientras estemos con él, como pedía Brillat-Savarin, y el nuestro permitirlo, sin entrar en detalles.  La guardiana de nuestro bienestar se llamaba Alondra, una joven amable y carismática que, lejos de lo que podría esperarse, supo administrar la información dejando entrever sus sólidos conocimientos. ¿Vale, chicos?

Después, un desayuno de tacos y café de olla nos permitió pasar del origen de las especias al origen de las especies: la típica sesión de fotos frente a los vagones donde las pantallas de los celulares buscaban captar las mejores poses y cada quien se esmeraba en trascender, confiado, quizá, en la posterior intervención del photoshop, de la cual algunas mujeres podrían prescindir: aquellas de botas y sombreros cuyos vestidos blancos ceñían sus encantos prestándole al set un elegante aire ranchero.

Cuando llegaron los primeros cocteles ya la locomotora pitaba a las afueras de Guadalajara. En nuestro vagón el brindis hizo de la mañana un alegre revuelo de palomas entre margaritas tequileras, en perfecta comunión con un plato de chilaquiles. Afuera, los campos de Jalisco, al contrario de los inhóspitos peladeros de las películas, mostraban las “masas de verdura” de las que habla el viejo López Portillo y Rojas. Más tarde, el paisaje comenzaría a expresar esa “vocación de soledades llanas marcadas por fortísimos contrastes”, como apuntó André Breton -el padre del Surrealismo- a su paso por la región, cuando se manifestó el agave en insuperables líneas azules.

Cata sobre rieles

Alondra me sacó de la ensoñación. De pie en medio del vagón, con micrófono de diadema, nuestra anfitriona alzó su copa, besó el tequila plata y explicó:

– Este es el primer contacto con el destilado. Es como un besito de primera cita, nomás un traguito con cariño. ¿Vale, chicos?

En la mesa, frente a nuestras butacas, estaba dispuesto el servicio. Después del piquito comenzamos la cata: el cuerpo translúcido deformó las imágenes detrás de la copa y, en sus piernas ligeras, mostró un carácter amigable.

– Ahí la llevamos -dijo la muchacha-. Pasemos a la fase olfativa: inhalen por una fosa nasal a la vez. Denle su girito a la copa pa’ que se despierte el aroma.

Entre los componentes destacó hierbas y cítricos y una nota ahumada apenas perceptible. De inmediato, el perfume -la forma más intensa del recuerdo, según los perfumistas- se abrió como por arte de magia para llevarme a una prehistoria personal conformada por el fogón, los limoneros y las hojas esparcidas en el patio de mi abuela.

Después dejamos circular un pequeño trago por toda la boca e inhalamos suavemente por la nariz.  En el ínterin perdí los detalles tratando de recordar la opinión de Gonzalo Celorio. Volví a la escena cuando Alondra mencionó el retrogusto y aproveché las palabras de don Gonzalo para enriquecer la nota de cata:

“Como el tabaco, el tequila se disfruta más de regreso que de ida. No se paladea debajo de la lengua, no se entretiene en la boca, sino que se ingiere de un solo golpe, hasta adentro, y es después, al exhalarse, cuando su espíritu se manifiesta. El tequila es una bebida que se fuma.” (¡Salud, maestro!).

La degustación se prolongó por varios kilómetros durante los cuales debí ejercer mi rol de padre: satisfecha con los cocteles iniciales, Ángeles no había superado el besito del tequila, de modo que tuve el gusto de representarla. En beneficio de nuestra anfitriona, la doble ración me hizo aún más feliz y estuve a punto no “de cambiar tu mundo por el mundo mío”, como cantó José Alfredo, sino de gritar “¡Ay Jalisco, no te rajes!”, pero me contuvo el poema de sobriedad expresado en la cara de mi centennials preferida. Y así llegamos al pueblo.

Mundo Tequila

La Casa Cuervo es el centro de la excursión. No obstante, la historia de este mediodía tiene un antecedente en un museo que lleva el nombre de Juan Beckmann Gallardo, benefactor del pueblo, hijo de Juan Beckmann y Wilkens, antiguo cónsul de Alemania en Guadalajara, y abuelo de Juan Domingo Beckmann Legorreta, actual CEO de la empresa. Impecables salones donde las artes visuales exhiben la historia de la región y las réplicas de carruajes e indumentarias recrean sus épocas doradas.

La Rojeña, con recuerdos de hacienda y fisonomía de empresa, alguna vez albergó a La Taberna de Cuervo. Hoy es un establecimiento de estilo ecléctico conformado por arcadas que separan salones y oficinas de bodegas y galpones equipados con alambiques de cobre, tanques de acero y barricas, y de los patios donde se asolean las piñas de agave y circulan los montacargas.

En este punto es necesario quedar a la zaga del grupo y detenerse entre la penumbra de aquellas galerías para armar el rompecabezas de esta casa fundada en el vino de la tierra, o mezcal, a mediados del siglo XVIII por José Antonio de Cuervo, quien dejó dos vástagos: José María Guadalupe y José Prudencio, entre los daguerrotipos de La Hacienda de Abajo y la Vieja Taberna. El primogénito no tardó en pintarle unos nietos que traían los cambios en sus genes: José Ignacio Faustino y María Magdalena, específicamente esta última que contrajo nupcias con Vicente Albino Rojas, quien trocó La Taberna de Cuervo en La Rojeña. Y ambos se prolongaron en el siglo XIX en María Rojas de López-Portillo, la madre del escritor José López-Portillo y Rojas, quien a su vez será el abuelo de José Guillermo López-Portillo y Pacheco, presidente de México entre 1976 y 1982.​

Al final de La Rojeña está la tienda con la saga familiar embotellada entre fulgores ambarinos y añejos secretos.

Ya iba siendo hora de renovar la fe, cuando Alondra anunció el receso. Enseguida fuimos por sendos cantaritos a las barras callejeras y con nuestros jarros típicos en mano, bajo el cielo de papel picado sostenido entre aleros y cornisas, nos integramos al collage luminoso, sonoro, del centro histórico. Los alrededores de la plaza, amenizados por el contrabajo y el redoblante -o más vale: por el tololoche y la tarola, a favor del ritmo-, el acordeón y el solista de un ensamble norteño, hacían la antesala de la glorieta -o quiosco, como le dicen aquí- donde un mariachi de impecables galas regalaba el repertorio clásico de las rancheras, al lado de una placa dorada con héroes civiles en relieve donde destacaba Cenobio Sauza,de quien hay una leyenda negra que repele el muro de piedra de la iglesia de Santiago Apóstol que se ve al fondo.  

Cenobio era hijo de Hilario Sauza, vecino de Teocuitatlán, y llegó a Tequila en plena adolescencia a trabajar en la destilería de Cuervo. Tal fue su empeño y devoción que en 1873, a los 31 años, funda «La Perseverancia» y se convierte en un peligroso competidor con su tequila Sauza.

Entonces nace la leyenda ad hoc:

Dicen los díceres, como decían por aquí cerca los personajes de Rulfo, que ya para entonces don Cenobio tenía tratos con El Maligno a quien solía visitar en su cueva ubicada, por supuesto, en las laderas del volcán de Tequila, y que, en una de estas reuniones, regadas con abundante vino mezcal, Cenobio y Belcebú firmaron un documento que contenía solo dos puntos, a saber:

  • El anfitrión le concedía a su invitado una gran fortuna.
  • A cambio, éste se convertía en su huésped por el breve lapso de la eternidad.

Ya oscurecía cuando ambos -a estas alturas amigos del alma, literalmente- estamparon sus rúbricas, lo que impidió al bueno de Cenobio detenerse en las letras mínimas donde se exponían las condiciones de la transacción. Una de estas exigía que el alma del beneficiario debía permanecer encadenada, lo cual no pasaba de ser una figura retórica -pensaría el tequilero después de la resaca-, porque ¿cómo podría sujetarse algo intangible? Y otra señalaba que las divisas -claro, demonio que se respete paga en dólares- permanecerían en el domicilio del benefactor, donde deberían ser retiradas en el momento oportuno. En fin.

Lo cierto es que Cenobio le había vendido el alma al diablo.

Muy pronto se convirtió en una celebridad, adquirió aires de dandi y hasta llegó a importar absenta de Francia. Los distintos compromisos sociales y el crecimiento desmesurado de su empresa le impedían encargarse personalmente de los retiros, entonces se vio en la necesidad de delegar en cierto empleado de confianza, no sin antes advertirle que se llevara las tres mulas amaestradas para tal fin y que al llegar a la cueva las dejara entrar solas hasta la taquilla y que él, por ningún motivo -y en esto fue enfático-, óigase bien: por ningún motivo y ni siquiera bajo amenazas, superara la entrada y, mucho menos, fisgoneara en el interior o en sus alrededores.  

Una vez más quedó demostrado que no hay nada más atractivo que lo prohibido: el hombre no se contuvo (¿sería acaso un infiltrado de Cuervo?) y se coló detrás de las bestias. Antes de quedar petrificado no tuvo palabras para describir tan tenebroso espectáculo: en un lúgubre rincón hallábase el mismísimo don Cenobio como un holograma azul con cuernos y cola, atado a una roca.

Al volver en sí, ya las mulas misteriosamente tenían la carga completa.

Apenas regresó a “La Perseverancia”, el empleado puso la renuncia y comenzó a regar la bola por todo el pueblo, con lo cual perjudicó enormemente a Sauza, cuyas acciones en la bolsa tequilera se desplomaron en el acto.

Al concluir este relato, adaptado durante el almuerzo en el patio central del hotel Solar de las Ánimas, mi hija rio libre, alegremente, y luego dijo:

– ¡La verdad es que esa cerveza de agave es bien buena!

Caminero global

La visita concluye en el Foro José Cuervo donde un mariachi anónimo comienza a despedirnos. En el auditorio se expresa el rústico carisma de un grupo tan bueno al oído como desconcertante a la vista: la ausencia de atributos físicos en sus integrantes, hasta cierto punto conmovedora, los ubica en las antípodas de los galanes no sólo del pasado remoto, aquellas estrellas de los años cuarenta, sino también del presente. Nadie se parece ni imita a Pedro Infante o a Luis Aguilar, tampoco a Alejandro Fernández o Luis Miguel. No obstante, la mayoría del público celebra, al parecer sin extrañarlos, reanimada por nuevos y refrescantes cocteles. (¡Salud, cuates!).

La lectura de los rostros me hace pensar que la audiencia se divide en dos grupos. Uno complacido por completo y otro que disfruta con reservas. La contagiosa felicidad del primero deriva del pacto turístico y es hija legítima del gusto popular moldeado por el hiperrealismo y la inmediatez (reality shows, karaoke, stand up). Entretanto, el segundo grupo, aun reconociendo la inexistencia de la perfección, puede basar su cautela en la sospecha de una estrategia por parte de la empresa, la cual consiste en contratar talento artístico económico.

Y en el medio están las rancheras que calaron muy temprano en nuestras vidas, interpretadas por dos cantantes: uno largo y fuerte, otro de recortada estatura. Hombres que bien pueden ganarse la vida en una vulcanizadora -una cauchera como decimos allá- a las afueras del pueblo, o al volante de algún camión, sin perder la esperanza de que esta chamba ocasional los saque de abajo, como auténticos herederos de aquellos personajes de sangre plebeya, hijos del melodrama latino.

Así volvió a entrar mi tío por la puerta de la memoria, el carpintero, fan del Jorge Negrete de “Me he de comer esa tuna”, a quien se le agotó la vida sin haber puesto un pie en estas tierras.

– Las lágrimas corren por la casa. Le dije a Ángeles cuando me miró de reojo.

El regreso es en autobús. La elegante flota recibe también a los mariachis. La fiesta sigue en un campamento rodeado de magueyes. De las estaciones tequileras saltan los caballitos del color de la miel. Alondra señala el volcán a lo lejos, explica la dinámica de la plantación y anuncia la jima: los jimadores redondean la piña del agave y nos invitan a intentarlo.

Antes de subir al bus pido un caminero doble.

El cantante grande se arranca con “Volver, volver” de Vicente Fernández.

Me tocó alargar el trago hasta las primeras luces de la ciudad. Entonces pensé en voz alta que este sabroso destilado corrió la misma suerte de los libros donde los autores, al describir su calle, describen el universo. De allí que el tequila hoy se aprecie en todas las barras del mundo.

-Es que el tequila es rico. A mis amigos les encanta, sobre todo en cocteles -dijo mi hija reclinándose en la butaca-. Y en infusiones con frutas ni te cuento.

-Atrae a grandes y chicos, como decía la vieja publicidad. Y hoy se bebe hasta en Turquía -dije tomando las últimas gotas-. Yo no he estado ahí, pero vi la serie Enciclopedia de Estambul,en Netflix, ahorita en 2025, donde la protagonista, una joven musulmana llamada Zehra, se atreve a probar un shot para ingresar a un grupo de la universidad que alterna tequila y cerveza. En Sudáfrica también se consume, como se muestra en Catching Feelings, una peli de antes de la pandemia.  

– ¿Catching Feelings, dijiste? O sea ¿“Atrapando sentimientos”? Esa es una canción de Justin Bieber, vieja, como de 2012. Ya te la busco. -Dijo Ángeles poniendo Spotify en su teléfono.

-Habrá que ver si tienen alguna relación…  Bueno, -continué resignándome a la sequía- los personajes están en un bar de Johannesburgo conversando con un escritor famoso. Unos beben vino y otros, tequila.

-Ahora que lo dices, papá, recuerdo que en Rabo de Peixe, una serie portuguesa grabada en las Azores, hay un bar que lleva el nombre de un coctel con tequila. Pero, bueh, nada en Bieber. Anyway güey… quien sí la nombra es Karol G en una canción de este año, “Tequila en la mesa”, se titula, y está acompañada por un chamo llamado Peso Pluma. ¿La quieres oír para cerrar con broche de oro?

-Órale mi chula.

Referencias

André Breton (s.f). ¿Qué dicen los escritores del tequila? En:

https://artsandculture.google.com/story/pQVxxYAVgZT6EA?hl=es-MX

Carlos Monsiváis (2000). “Desperté y ya era otro”. En: Aires de familia. Cultura y sociedad en América Latina.

Ernesto Cortázar y Manuel Esperón (c. 1941). “¡Ay Jalisco, no te rajes!”Canción interpretada por Jorge Negrete.

Fernando Z. Maldonado (1972). “Volver, volver”. Canción interpretada por Vicente Fernández.

Gonzalo Celorio (2000). “Tequila”. En Guía del buen bebedor.

Jean Anthelme Brillat-Savarin (1825). Fisiología del gusto.

José Alfredo Jiménez (1971). “Las ciudades”. Canción.

José López-Portillo y Rojas (1887). Nieves.

Luis Martínez Serrano (1944). “Me he comer esa tuna”. Canción interpretada por Jorge Negrete.

Margarita de Orellana (1995). “Microhistoria del tequila: el caso Cuervo”. CDMX: Artes de México 27.

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