Historia personal de una cantina

De la cantina escolar a la pulquería

            Cuando nací la época dorada del cine mexicano tocaba a su fin. De modo que la primera cantina que conocí fue la de mi escuela con su brillante mostrador que enmarcaba el ajetreo vespertino de dos dependientes esmerados en despachar las listas de pedidos y de los muchachos que trepaban las gaveras de refrescos envueltos en el alegre aroma de la colita y el discreto encanto del café con leche de las maestras.

            A la otra la vi después en las cintas blanquinegras de los Estudios Churubusco que diseñaban un reino falocéntrico en el escenario austero del pulque y el tequila. Y así comprendí las dos acepciones del término, como todos los habitantes de este lado del mundo hispanoparlante: el oasis escolar y el lugar donde mandaba Pedro Infante.

 De tabernas antiguas

            Con el tiempo advertiría que aquellas locaciones donde se destilaba la infelicidad producida por el binomio despecho & venganza tienen alegre ascendencia en la algarabía latina, proclive a la trágica representación, mantenida alrededor de la cava o del lugar del vinum, del cellae que nombra una suerte de despensa y a ambos lados del tabernae: la barra que en la era cristiana dividiría la pieza entre el bien y el mal o entre el deber y el placer; es decir, en dos secciones distintas, una destinada a los comestibles y otra a los bebestibles.

            El segundo cubículo tuvo en Petronio y Boccaccio ilustres asiduos, quienes asistían a las thermopolias y cauponae, tiendas o posadas, no sólo para hincar el diente sino también para ejercer el sublime equilibrio entre el trago y la palabra, no como El Quijote que sin probar una gota alucinaría mucho después, en el siglo XVII, entre los pellejos del vino en una posada castellana.

 De la pulpería al bar

             No obstante, durante los años áureos de aquel imperio fílmico en cuyas barras estallaban los shots de tequila al unísono con los disparos literales, en la cantina europea parecen predominar los comestibles, como se lee en Italo Calvino, cuyos personajes cumplen con el sagrado deber de alimentarse en el comedero popular donde discuten, mojan el pan en el vino, y continúan discutiendo.

            Para entonces entre nosotros existía una pequeña bodega aguardentosa y suburbana, conocida como botiquín, que puertas batientes adentro mostraba una desenfadada combinación de cantina y saloon del oeste americano. Y cuando el sujeto que quería ahogar sus penas transponía el umbral es porque venía ya achispado de la pulpería, una tienda de camino con mercancías varias, donde de seguro había atizado su pesar con un par de berros, como alguna vez lo hizo Ovejón, un personaje del viejo Urbaneja Achelpohl.

            En esta nación-coctel de tasca y trattoria, aplicación bebible de lo que Uslar llamó el mestizaje cultural, el estilo americano tenía rato imponiendo la moda alrededor de los campos petroleros. Se da el paso que separaba al botiquín del bar y es como si el cliente entrara una vez más en la modernidad al acodarse en la barra dispuesto a disfrutar, o padecer, el monólogo del barman. Cae al unísono la noche tropical entre anglicismos de neón o tímidos galicismos: las parejas se deslizan expectantes en eldancing o en la discotheque, en el cabaret o en la boite,  y vuelan sin escalas a la alcoba bebiendo, cantando y bailando pegao.

 A la cantina virtual

            Pasa la vida entre copa y copa. La cantina espera al doblar la esquina. Y yo en este oficio de barman literario, como responden en Bogotá cuando uno da las gracias: “con gusto, con mucho gusto”, cuento ya un año alojado en este amable portal de #PuntoPaladar bajo la  dirección de nuestra querida Adriana Gibbs. Un año, 365 días contando los feriados, durante los cuales he tenido el placer de despachar en esta cantina que es a la web de marras,  valga la comparación, lo que el Bemelmans Bar al hotel Carlyle en New York o el bar al hotel Tamanaco acá en Caracas o la barra respectiva del Copacabana Palace en Río de Janeiro, donde cierta vez atendí a Sinatra, hablé con Picón Salas, leí a Lobo Antunes o conocí a Spike Lee entre la ensoñación y el gozo de los tragos.

            Un año de cocteles textuales para los “amigos invisibles” (Uslar Pietri forever),  parroquianos globalizados, más uno que otro asiduo, que pueden imaginarme con camisa blanca y pajarita sacándole brillo a los cristales de la palabra, amando la sobria ebrietas y sirviendo con muchísimo placer el ars bene dicendi a la salud de todos.

1 comentario en “Historia personal de una cantina

Deja un comentario