¿Qué pensaría Charles Dickens si llegara a enterarse de que sus novelas pasaron a la historia como el digestivo de la sociedad inglesa? Al concluir el primer cuarto del siglo XXI, una pregunta como esta, además de retórica, puede resultar ociosa. Ignoro la asociación que pudo provocarla, se me impuso involuntariamente en el camino y me acompañó hasta acá. Aún es temprano. Acabo de abrir el servicio y no ha entrado ningún cliente. Todo está en orden, como en la época de Dickens, cuando la fuerza del romanticismo arrasaba las costas de ultramar y Londres apenas recibía un ruido sordo, semejante al que esta tarde llega desde la calle.
Me sirvo una tónica con algunas gotas de limón y busco en la pantalla el retrato de aquel novelista que un daguerrotipo se encargó de salvar. La tez blanca se ensancha en una frente que intenta mantener el orden entre el cabello y los ojos: la carrera al borde de la sien derecha divide la marea capilar sin poder ocultar cierto desequilibrio contenido en la mirada. La nariz pasa inadvertida por el alto contraste entre la boca y la barbilla, donde el arco de los bigotes se enfrenta con los grafismos de una barba alargada, dispuesta como un manubrio al revés.
Percibo ironía en la sonrisa latente que insinúa una respuesta. Estoy seguro de que el viejo novelista hubiese preferido brindar a los suyos algún beneficio después de la comida y no prohibirles el trago que los hacía felices, como en aquel tiempo lo intentaría Walt Whitman en Nueva York con su única novela titulada Franklin Evans, el borracho, en la línea de ficción antialcohólica.
La empresa de Dickens, un auténtico self made man, consistió en fabricar su heroicidad personal y su inmensa fama a partir del genio que Dios tuvo a bien asignarle para superar una infancia difícil, una vida inicial que sublimó con la literatura y la convirtió en comedia con pasajes melodramáticos bien administrados entre las dos obras que mejor definen su perfil: Oliver Twist y David Copperfield.

El joven Charles debuta a sus 25 años de edad con Los papeles póstumos del Club Pickwick. Esto ocurre en 1837, cuando, precisamente, se inicia la Época Victoriana que concluirá con el siglo XIX, treinta años después de su muerte: “El novelista fue súbdito de la dulce, maternal, insignificante old queen Victoria, ciudadano de un Estado moderado, prudente, tranquilo, amigo del orden, curado de arranques y pasiones”, como señaló Stefan Zweig al definir el ambiente que le tocó en suerte:
Inglaterra está satisfecha, y no quiere cambios. El arte que hubiera de llenar las aspiraciones de este país saciado, tenía que ser también un arte satisfecho, bien avenido con el presente, sin veleidades de nada mejor. Y así como la Inglaterra isabelina había encontrado su expresión en Shakespeare, esta Inglaterra sin ambiciones descubre el genio capaz de darle lo que necesitaba: un arte placentero, amable, digestónico.
Como vemos, fue el escritor austriaco quien puso a rodar la especie determinista de la obra como tónico digestivo -al modo del vespetro italiano- aplicando los principios de la filosofía positiva que apenas arrancaba entonces, según la cual, el artista, como cualquier mortal, no escapa a los influjos del medio y el momento histórico. Así me siento yo ahora, detrás de esta barra: el lugar y el medio -este medio tan agradable de ganarme la vida- conspiran paradójicamente contra mis ganas de colocarle gin al vaso, como otrora el novelista inglés -que bien le pegaba al jarro- se cansó de hacerlo.
La obra de Dickens sabe a ginebra. Nuestro autor es una suerte de intermediario en el negocio de un destilado que abandona las periferias por el medio de la calle dispuesto a conquistar el centro. Su contribución, más allá de recomendar algunos beneficios y aplicaciones del enebro, consistió en blanquear su imagen, porque, al parecer, la Revolución Industrial no fue suficiente para borrar los estigmas de la Gin craze padecida en Londres entre 1720 y 1751, cuando la desmesurada ingesta de un licor rudo tergiversó el gusto del jenever holandés y llevó a la sociedad al borde del abismo.

El viejo londinense nos brinda la ginebra realista de la señora Mann, sanadora del orfanato donde está recluido Oliver Twist, quien la mezcla con sen para preparar el Daffy, un bebedizo útil para bajar la calentura; y del señor Wilkins Micawber, quien la utiliza como base del ponche que lo deleita y transforma, como advierte el propio David Copperfield: “El señor Micawber estaba mucho más alegre de lo habitual. Jamás le había visto tan animado. Bebió tanto ponche que su rostro brillaba como si lo hubieran barnizado”.
Y deleita también con la ginebra fantástica de Gabriel Grub en “La historia de los duendes que secuestraron a un enterrador”, donde, a palo seco, se lleva este diálogo:
– ¿Qué llevas en esa botella? -preguntó el duende.
– Ginebra holandesa, señor -contestó el enterrador temblando más que nunca, pues la había comprado a unos contrabandistas y pensó que quizá el que le preguntaba perteneciera al impuesto de consumos de los duendes.
– ¿Y quién bebe ginebra holandesa a solas, en un cementerio, en una noche como ésta? -preguntó el duende.
Con Dickens el pueblo recobra la confianza en un trago que se irá perfeccionando -de su versión toddy (ginebra, agua caliente y azúcar) pasa a un ponche donde se mezcla el gin con el vino tinto de Madeira, limón y especias- hasta ingresar en los clubes de caballeros, como The Arts Club, un lugar de encuentro de artistas y escritores fundado por el autor en el 17 Hanover Square, en el barrio de Mayfair que a fines de siglo tendrá un célebre vecino: Dorian Gray.
El ostensible ascenso, sin embargo, no extravía su espíritu democrático. El gin puede mostrarse en los anaqueles junto al scotch whisky, al coñac y al brandy de Jerez, pero no se limita al selecto ambiente del members only. Es la hora de responder a un público que lo estima en los nuevos mentideros: los maravillosos “Palacios del Gin” frecuentados por Dickens, donde, en sus palabras:
Todo es luz y esplendor. El vistoso edificio con su pretil fantásticamente ornamentado, el reloj iluminado, los ventanales de cristal rodeados por molduras de estuco y las abundantes lámparas de gas con quemadores bañados en oro: todo un resplandor en franco contraste con la mugre y la oscuridad que dejamos atrás. El interior es aún más alegre que el exterior. Una barra de caoba elegantemente tallada y finamente pulida se extiende a lo largo del local. Hay dos pasillos laterales con grandes barricas pintadas de verde y dorado protegidas por una barandilla de latón claro.
Vuelvo a mi tónica entre el esplendor y la alegría que Dickens contagia. Reconozco en mi barra la elegancia heredada de aquellas y me dispongo a atender al primer cliente de la tarde.
Referencias:
Charles Dickens (1836-1850). Escenas de la vida de Londres. Los papeles póstumos del Club Pickwick. Oliver Twist. David Copperfield.
Stefan Zweig (1998). [1929]. Dickens. En: Tres maestros. Balzac, Dickens, Dostoiewski. Bogotá: Norma.
