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El destornillador de Truman Capote

Este texto forma parte de nuestro libro Cocteles de Autor. Las Mezclas de un Barman Literario.

Una herramienta de placer

Cuando Gabriel García Márquez se encerró durante año y medio en una casa de México a redactar la versión final de Cien años de soledad, decidió llevar a diario un overol como única indumentaria y mantuvo a mano -al lado de la máquina de escribir, junto a la taza de café o cerca de algún trago ocasional- un destornillador.

Como en aquella época el Gabo no tenía la fama que pronto llegaría a estorbarle y, pese a que la casa estuvo cerrada a cal y canto para conocidos y extraños, en varias ocasiones fue confundido con un mecánico por el muchacho del abasto que ayudaba con las compras a la estricta celadora Mercedes Barcha.

Ocurría entonces que ese señor con aires de electricista, quien muchos años después ganaría el Premio Nobel de Literatura, cuando se sentía bloqueado o no hallaba la palabra perfecta, usaba el instrumento para distraerse apretando los tornillos en las bisagras de las puertas y ventanas, como una metáfora artesanal con la cual buscaba ajustar los tornillos de la expresión.

Ese mismo año, 1966, otro periodista y escritor celebraría en Nueva York la primera edición de su obra maestra: A sangre fría, una novela hecha para borrar los límites entre el periodismo y la literatura, una historia cuyo horror le exigió a su autor, Truman Capote, mantener los nervios a raya con el auxilio puntual del Screwdriver: una combinación perfecta de vodka y jugo de naranja.

Este cocktail que lo acompañaría toda la vida fue creado cuando él apenas era un niño, en los días de la Ley Seca, por manos anónimas que buscaban disimular la atracción del destilado ruso y burlar las distintas prohibiciones de la historia, como ocurriría luego entre los soldados ingleses que hallaban valor y sosiego al alterar la inocencia del cítrico en las trincheras de la II Guerra Mundial, hasta su reinvención a finales de los años cincuenta por los obreros petroleros quienes convirtieron el “desarmador”, como dirían los españoles, en cuchara de bar para remover la mezcla.

Este sencillo coctel le fue tan útil a Truman como el destornillador literal al Gabo. El Screwdriver fue para él lo que el Mint julep para William Faulkner o el mojito habanero para Ernest Hemingway: una herramienta para “abrir las puertas de la percepción” como pidió desde la barra inmortal el poeta inglés Willian Blake.

La cortesía de Marlon Brando

Una de las virtudes del vodka es la discreción, algo que Truman Capote nunca conoció. El coctel pudo pasar inadvertido en su aliento, pero jamás su genio y figura ante el público. Desde muy temprano se rodeó de celebridades (a los 16 años, cuando trabajaba de camarero en el Greenwich Village Café, comenzó su amistad de toda la vida con Tennessee Williams) y fue querido y odiado en partes iguales por las estrellas de Hollywood.

Odiado, por afirmaciones como la siguiente:

“Me he percatado de que los actores y los bailarines parecen sentir a todas horas un incontrolable apetito, a pesar de lo cual su peso se mantiene en un extraño y etéreo nivel (incluida Elizabeth Taylor, a la que nunca, cuando no está ante las cámaras, se la ve tan rolliza como en algunas ocasiones aparece en las fotografías; la cámara tiene tendencia a añadir unos quince kilos; y en eso ni siquiera Audrey Hepburn es una excepción)”.

Querido, por detalles como el que tuvo en una ocasión cuando coincidió con John Huston en Italia y renunció a sus vacaciones para auxiliarlo con el guión del film La burla del diablo, que escribió prácticamente paralelo al rodaje en Ravello, donde, como recordaría  el famoso director cinematográfico:

“Una noche tuvimos una exhibición de lucha. Truman y Bogie (Humpery Bogart) se enzarzaron y aquello casi se convirtió en una pelea. En lo que se convirtió, de hecho, fue en un combate de lucha libre. ¡Y Truman venció a Bogie! Le puso los hombros contra el suelo y lo mantuvo allí clavado. El comportamiento andrógino de Truman era absolutamente engañoso: tenía una fuerza y un arrojo notables”.

Poco tiempo después, en 1956, Capote volaría hasta Japón para cenar con Marlon Brando. Ambos tenían 32 años de edad. El escritor contaba con el aval de sus dos primeras novelas, varios cuentos y un incisivo ejercicio periodístico que olvidaría voluntariamente al tenerlo al frente:

“Al mirarle ahora, con los ojos cerrados y el rostro blanco y liso, sin arrugas, bajo una luz que venía del techo, sentí como si volviera a vivir el momento de mi encuentro inicial con él. Ocurrió en 1947; era una tarde de invierno en Nueva York, donde tuve ocasión de asistir a un ensayo de Un tranvía llamado deseo, de Tennessee Williams, obra en que Brando hacía el papel de Stanley Kowalski”.

El mejor actor del mundo -según Elia Kazan, director de la inmortal pieza de Williams-, aquel que recibiría un Óscar en los años setenta por el papel de Vito Corleone, lo recibió en su habitación del hotel Miyako, en Kioto, donde se rodaba la película Sayonara bajo el sello Warner Brothers. En medio de la conversación, interrumpida por los largos silencios del astro, Capote apuntó:

“Aunque Brando no es abstemio, su apetito es más frugal cuando se trata del alcohol. Mientras aguardábamos la cena, que iba a ser servida en la habitación, me sirvió un generoso vaso de vodka con hielo, pero él sólo tomó un traguito, por cortesía”.

Sueño con naranjas

Truman Capote cumplió su “largo paseo entre las bebidas” -es decir, su destino de escritor, como el mismo lo definió-, con un vaso Highball repleto de la cariñosa mezcla de vodka, jugo y rodajas de naranjas, esos pequeños soles cultivados en California o Florida, o en otras partes del mundo adonde lo acompañó el coctel:  en la Feria de Sevilla, en la barra del Harry`s Bar de Venecia o en el Hotel Trias frente al paseo marítimo de Palamós, en Gerona, donde en 1962 tuvo que interrumpir la redacción de su novela más famosa por el impacto que le causó la muerte de su amiga Marilyn Monroe, “una mujer primaria, una insegura patológica dotada de un talento natural”, a quien amó.

En aquel largo paseo el escritor le fue fiel al Screwdriver hasta agosto de 1984. Así lo confirmó su abogado y albacea Alan Schwartz:

“La última vez que vi a Truman vivo fue en el restaurante enfrente de su apartamento, en la Plaza de las Naciones Unidas de Nueva York, donde con frecuencia comíamos juntos. Como solía hacer por entonces, llegó temprano y el camarero le puso delante lo que Truman afirmaba que era un vaso grande de zumo de naranja, pero que el camarero y yo sabíamos que era un vaso lleno hasta la mitad de vodka”.

El destornillador le abrió las puertas de la percepción y lo mantuvo despierto en su sueño recurrente con naranjas desde su primera novela, Otros ámbitos, otras voces (1948) hasta la última, el texto inconcluso de Plegarias atendidas que saldría en 1987: un universo ficticio y real a la vez, tan brillante como poco complaciente, donde el autor, atado a las rodajas como el “Hombre de Vitruvio” en el dibujo de Leonardo da Vinci, giró incansablemente sobre el mundo.

Collages: Marvic Ruiz @estudio.creativo.mr

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