La cocina de Dior también era de haute couture

Hay un nombre que en la moda es insustituible e imprescindible, se llama Christian Dior, el diseñador que hizo resurgir lo fashion después de los sombríos días de guerra, que le dio importancia a los volúmenes y creó el New look. Nacido en Normandía el 21 de enero de 1905, a los 10 años se mudó a París, donde lo esperaba la fama.

En estos días de cuarentena el nombre del modista francés regresa nuevamente, pero no por sus diseños sino por un libro de recetas que fue editado en 1974 por la Maison Dior bajo la tutela del célebre y premiado chef Raymond Thuilier, con ilustraciones de René Gruau, cuyo verdadero nombre era Renato Zavagli Ricciardelli delle Caminate y que además ostentaba el título de conde. Este italiano se convirtió en uno de los ilustradores de moda más influyentes e importantes en el mundo porque supo darle a sus dibujos un toque industrial. Su ascenso se inició cuando lo designaron primer director artístico de publicidad en la Casa Dior.

La edición inaugural de este libro resultó limitada y ahora, gracias a la tecnología, La Cuisine Cousu-Main (La cocina cosida a mano) se encuentra disponible en Internet, por iniciativa de la Casa Dior, en esta dirección.

Recorrer las páginas es descubrir la personalidad del diseñador, quien amaba lo auténtico y lo bello, como lo señala en el prefacio Raymond Thuilier: “Un hombre que poseía el sentido y la adoración de lo bello, siempre en busca de la perfección, un hombre cuyo espíritu y corazón estaba al servicio de Dios y de los hombres”. No hay que olvidar que era profundamente católico. Asistía a misa casi todos los días.

Dior nunca estuvo conforme con su físico, le molestaba esa figura regordeta, así como su calvicie. De hecho decía: «Tengo una figura lamentable, la de un gentleman bien alimentado”. Huía de los fotógrafos. No obstante, su rostro llegó a ilustrar la portada de la revista Time. Si bien su profesión de fe lo llevaba a la iglesia frecuentemente, esto no le impedía ser supersticioso: solía consultar a una adivina antes de lanzar cada colección para que esta le adelantara cómo sería recibida por la prensa y por sus clientes.

El galardonado chef español Carlos Freixa opinó en una oportunidad que “Christian Dior dejaba la bata de costurero por el delantal y reunía a sus allegados en torno a la mesa para agasajarlos con sus propias recetas”. Es decir que hacía de la comida un acto de encuentro, en un momento para compartir con los seres queridos y, al igual que diseñaba un vestido para enaltecer a la mujer, destacarla y darle felicidad, hacía de la comida un acto de amor. Cocinaba para agasajar a quienes estaban más cerca de él, aquellos que conocían sus miedos. Sin lugar a dudas, era una persona que también amaba la alegría de vivir.

Christian Dior hizo de la moda un medio para superar el sufrimiento de la postguerra. Las mujeres vieron partir a sus maridos y a sus hijos. La soledad se convirtió en compañera, las ilusiones desaparecían, así como los sueños individuales y colectivos.

Dior llegó para resaltar nuevamente el feminismo, devolver la estética y sustituir privaciones. De allí sus grandes volúmenes, sus metros y metros de tela para una falda, destacar la figura femenina y enaltecer la coquetería, sin perder la autenticidad.

Ese sentido por lo auténtico lo encontramos en una de sus sopas preferidas, el Potage  Vichyssoise del chef francés Louis Diat, quien trabajaba en el hotel Ritz de Nueva York. Dior preparaba esta sopa fría para seis personas. Sus ingredientes remiten a un paladar que ama la sencillez.

Este francés universal también incluyó en su recetario los huevos como entradas. En este capítulo se percibe un refinamiento especial que se traduce en la capacidad singular para lograr sutiles sabores y, sobre todo, para alcanzar el equilibrio que deriva en la perfecta armonía.

Un ejemplo claro de ello estaba en un plato que Dior adoraba, los huevos revueltos con trufas. Raymond Thuilier recuerda en el recetario que una vez le dijo: “Es irreal y grandioso por su simplicidad. Démosle gloria y homenaje a quien en su infinita bondad ha puesto la boca cerca de la mente».

Más allá de disfrutar la mesa con sus amigos, Dior asumía una responsabilidad especial hacia sus invitados, pues consideraba que en esa invitación estaba incluida cierta obligación de proporcionar goce. De allí que soliera citar al autor del primer tratado de gastronomía Brillat Savarin, quien afirmaba: «Invitar a alguien a su mesa, es hacerse cargo de su felicidad durante todo el tiempo que pasa bajo su techo».

Sobre la pasión de Dior por la cocina, Thuilier escribe en el prefacio de la publicación lo siguiente: «Era un hombre que entendía el significado y el culto por la belleza, siempre en busca de la perfección, era un hombre con corazón y espíritu, un verdadero gourmet, para quien el arte de la mesa y la gastronomía, unía a Dios y a los hombres».

El libro se divide en siete capítulos ingeniosamente ilustrados por Gruau con imágenes que combinan moda y cocina de la forma más glamorosa posible. Estos capítulos son Les Potages (sopas); Les Oeufs et Entrées (huevos y entradas); Les Poisson (pescado); Les Volaille (aves); Legumes d’accompagnement (guarniciones de verduras); Les Salades (ensaladas) y Les Desserts (postres).

Monsieur Dior tenía 52 años cuando falleció. Fue una muerte repentina. De allí que se haya tejido una serie de conjeturas sobre este suceso inesperado, sin embargo se considera que fue un infarto al miocardio. Así acababa una vida llena de incomprensión, miedos, éxitos, belleza y arte. Christian Dior dejó al mundo el recuerdo de su inconfundible estética, su concepto de la alegría de vivir y un recetario de alta costura donde el espíritu de Francia sigue vigente.

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