Diciembre o el whisky

Diciembre o el whisky

Si usted me sirve un whisky y yo, sin saber qué es, lo bebo con los ojos cerrados, enseguida estaré en diciembre y podré oler su pintura fresca, revivir el destello entre los árboles y sentir su brisa serena. Ante mí tendré las nubes de algodón, los riachuelos de aluminio, las arenas de escarcha del pesebre en ausencia del niño si es víspera de Nochebuena, o en su presencia si ya es navidad. Tendré también las luces del árbol, las cintas, la estrella dorada. Sin poder ni querer evitarlo imaginaré un mundo de pinos, bambalinas y papel. Y volveré a la carretera entre las verdes colinas de Nirgua donde los parranderos cantan sin parar y en la despedida hacen del parabrisas un pozo de lágrimas. Volveré de nuevo a las extintas patinatas en la plaza y en la misa de aguinaldo sentiré el aliento de Pacheco en mi nuca, justo cuando mamá, orgullosa de su obra, cubra mis hombros con el suéter tejido para mí.

Así me ocurre desde niña, cuando papá llegaba a la casa un poco achispado -cosa que sólo se permitía en navidad- y me daba una cucharada de su garrafita de Old Rarity, una garrafita de lo más coqueta cuya gracia no impedía que arrugara la cara al sentir el trago. Y él me decía: tome hija, pruebe el espíritu de la navidad antes de que llegue su mamá. Cuando ella llegaba ya yo había catado el último mes del año y me iba no tan derechita para la cama, pensando en que llegaría el día en el cual podría probar todos los meses del calendario. Y así entraba en un dulce sueño.

Desde entonces cada primero de diciembre el espíritu de la navidad se apodera de mí. Me invade una alegría especial que refuerzo con mi buena dosis de whisky para procurarme el éxtasis que solía experimentar el viejo. Cuando logré la mayoría de edad aquella marca ya no se conseguía, pero sí el Buchanan´s o el Etiqueta Negra de Johnnie Walker. Y hasta hubo uno ensamblado aquí, el Blenders Pride, que pasaba bien; pero que poco a poco se fue poniendo rudo y ya no lo probé más.

La vida misma se puso un poco ruda, pero esto no me ha impedido continuar con diciembre en la piel. En estos días alguien dijo en Facebook: “La navidad no tiene la culpa”, con mucha razón: la navidad es un sentimiento y no tiene que ver con nuestras miserias. Ahora, volviendo a su pregunta, considero también que la navidad es un sabor; pero también un estado de alma. Desde que aquí en Caracas se enciende la cruz del Ávila va naciendo en mí una especie de rumor que se despeja poco a poco, hasta cobrar la forma de “El niño es el mismo”, la bellísima pieza de Otilio Galindez que Miguel Delgado Estévez arregló para Morella Muñoz y el Orfeon Universitario.

Sí, esa que dice:
Cantemos un coro
que a El Niño le guste
Alegre y sonoro
que El Niño lo escuche
San José que baile
La Virgen sonría
Llenemos las calles
con esta alegría

Mire usted, cómo se me pone la piel. Deme una servilleta, por favor. Son lágrimas de emoción. Y otro whisky, porque tocó mi punto débil. Apenas lo pruebo regreso al invierno de París en que fui feliz: la torre Eiffel como un inmenso árbol bajo un concierto de luces, la vieja armonía de Montmartre, el tufo del metro. Vuelvo a sentir las agujas que el frío clavó en mi pecho a mi paso por Salamanca. Veo a un pescador petrificado en una orilla de Lisboa con la mirada perdida en el Alentejo.

Y vuelvo a casa.

Siempre vuelvo a casa a adorar al niño y a brindar con todos por una feliz navidad.

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