La sangre blanca de Cristo

Tomad y bebed todos de él, porque este es el cáliz de mi sangre, sangre de la alianza nueva y eterna que será derramada por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados. Haced esto en memoria mía.

Jesús en la Última Cena.

 

Cuando el padre José quiso honrar al Hijo de Dios y se atrevió a romper el cerco de las brigadas rojas para volver a su aldea perdida entre los pantanos de Tabasco, en el México rural y remoto de El poder y la gloria (1940) de Graham Greene, la Guerra Cristera de finales de los años veinte prohibía el ejercicio de la fe y el consumo de alcohol, tan caros al cura prófugo.

Luego de la homilía dirigida antes del amanecer a los taciturnos paisanos, ¿cómo haría  entonces en el momento de la consagración que convierte al mosto en sangre, si ya no tenía bajo sus pies los antiguos odres de vino que solía enterrar? ¿Acaso cumpliría esa suerte de metáfora católica llamada transustanciación con la “botellita de remedio llena de alcohol” que para calmar la angustia etílica le alcanza María, su antigua ama de llaves? Lo cierto es que, poco antes de la llegada de las tropas, hizo la mezcla en una copa rota y salvó las almas.

Quizá en una situación límite como aquella, Dios lo permite sin restarle dignidad a la eucaristía; pero como es sabido, el vino debe provenir de la vitis vinífera  o del “fruto de la vid”, según San Lucas, puro, sin mezcla alguna y si es industrializado, como todos los de nuestra época, en la etiqueta de la botella habrá de aparecer la siguiente aprobación de la Conferencia Episcopal respectiva: “Apto para la Santa Misa”.

Debe ser un vino amable y dulce que anime al sacerdote sin achisparlo, porque si se trata del primer oficio acaso éste sólo tenga a su favor un breve desayuno para contrarrestar la sublime perturbación.

Después de Cristo han corrido ríos de vino tinto, blanco, seco o dulce en los altares. La tradición refiere el antiguo Paxarete o Pajarete que pasó de Andalucía a Chile sin escalas y en las alas de la uva Moscatel, la cual, sin lugar a dudas, arrasa en el marketing eclesiástico desde Italia, donde se usa la cepa del Moscato Bianco, pasando por El Penedés donde se produce el Joan Sardà, hasta nuestro país donde los curas, gracias a los buenos oficios de las Bodegas Pomar, consagraron con la uva de marras que manó con generosidad de las botellas del Ecclesia por lo menos durante los veinte años que van de 1993 a 2013, cuando se crea y cuando se extingue, o en paráfrasis del poeta, cuando este vino “como un río asediado de incendios, comienza a secarse”.

La palabra “ecclesia” viene del latín y se le atribuye a San Pablo su uso en español para designar el lugar de reunión de los cristianos y, en ese espíritu, resucitó con el nombre De Ecclesia un vino de reciente data que congrega en Jerez de la Frontera a la feligresía en torno a la antigua bodega de Fernández-Gao.

Y más allá, los catalanes consagran con el Terra Alta y el Tarragona y quizá sea en esta región de España donde se haya trocado la sangre de Nuestro Señor de roja en blanca, como es la tendencia actual, porque en la factura de estos caldos predominan la excepcional garnacha blanca y la uva macabeo que es la base del cava.

En todo caso, la iniciativa lleva la bendición de la diócesis de Salamanca donde se prefiere el uso del blanco sobre el tinto o rojo “por ser más limpio y más propio de la pureza del Sacramento”. De modo que el tinto queda como un gran reserva de la iglesia católica apostólica ortodoxa.

En aquellos tiempos, como diría el padre José en la dura madrugada al comienzo del evangelio, ya la transustanciación le da un tono más claro a la sangre de Cristo apuntando así, en el imaginario humano, una bella figura. En los tiempos que corren, nuestros sacerdotes, como el personaje del novelista inglés, a diario ponen a prueba la creatividad no sólo con la sangre, también con el cuerpo.

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